Hay recuerdos que duran más de nueve días
San Fermín no se queda únicamente en las fotos del móvil.
Se queda en ese pañuelo rojo que guardas de un año para otro.
En la camiseta que te pones cualquier día y alguien reconoce al momento.
En ese pequeño recuerdo de Pamplona que acabó en una estantería, en las llaves o en la cocina.
Son cosas pequeñas.
Pero tienen una habilidad bastante peligrosa: hacerte volver.
Aunque estés a cientos de kilómetros.
Un trocito de Pamplona en casa
No hace falta convertir el salón en una tienda de souvenirs.
Con un pequeño detalle basta.
Una taza que utilizas cada mañana.
Una figura de los Gigantes y Kilikis que te recuerda a Pamplona.
Una camiseta que sigue saliendo del armario meses después.
Un llavero que acaba viajando contigo a todas partes.
O ese pañuelico rojo que sabes perfectamente que no vas a tirar nunca.
Porque un buen recuerdo no es el que compras y olvidas.
Es el que meses después consigues mirar y pensar:
“Tengo que volver.”
San Fermín termina. Lo demás, no.
Julio volverá.
Mientras tanto, Pamplona sigue estando en todas esas pequeñas cosas que te recuerdan una calle, una persona, una tradición o un momento.
Y para eso no hace falta esperar al próximo chupinazo.
Porque Pamplona no solo se visita.
Pamplona se lleva.









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